Eclipse personal y somatización
Mi pareja y yo teníamos acceso propio a la panorámica adecuada para verlo bien. Por eso, otra pareja se sumó a nosotros como visita de dos días y medio. Yo conocía muy bien a uno de ellos, amigo de toda mi vida, y no tanto a su nueva compañera, que sin embargo ya me había mostrado su similitud de hábitos y costumbres con las mías.
Podía confiar en que acertaría con mis previsiones como anfitriona, y planifiqué los menús para esos dos días, cociné con antelación y personalicé todo lo que pude sus gustos y apetencias para pasar el tiempo charlando y trabajando lo menos posible, como me habían pedido. Mi pareja estuvo conforme con todas mis prevenciones, preparativos, planes, etc., porque de hecho, se enmarcaban en una hipótesis muy abierta, flexible a lo imprevisto. Nada forzado, todo relajado.
Sin embargo, se presentaron con empanada para dos días. Naturalmente la aceptamos, pero aún después de que se fueron quedaban restos. Estuvimos comiendo con entera libertad de elección entre todo lo que había durante los dos días primeros, y el último salimos de casa y mi amigo pudo darse el gusto de probar el plato típico de la zona (que yo no «debía» cocinar) servido en una terraza. Los demás comimos cualquier cosa. Habíamos hecho el turismo local también a su gusto, y sus condiciones físicas, porque tenía una torcedura de tobillo que no le permitía caminar mucho.
La tarde del eclipse, unos minutos antes de que comenzara el largo proceso, dispuse unas sillas de jardín en línea, con una mesita que serviría para poner las gafas de seguridad. Ahí se le ocurrió el primer chiste («yo no me voy a sentar ahí en fila, cara al sol») que todos celebramos. A medida que el sol se iba ocultando, la otra pareja y yo comentamos lo rápidamente que avanzaba, porque apenas unos minutos de indiferencia en la observación nos devolvían una imagen notablemente diferente a la anterior.
Él miró con las gafas también, muchas menos veces. De hecho, el viento se las arrebató porque las tenía en la mesa. Iba y venía. Entraba y salía. Me estaba preocupando que se lo iba a perder…Ya se había planteado la polémica, que mi amigo apoyó, sobre la necesidad de ponerse las gafas en el lapso que duraba el eclipse total, porque «ellos» confiaban en que controlarían perfectamente el momento de peligro, cuando el sol atisbara de nuevo su luz descomunal por el otro borde, y nuestros ojos estuvieran de nuevo expuestos a problemas. Pero hasta entonces me había conformado con la resignación.

Se eclipsa el sol y de forma similar se eclipsa a las personas. Todo su brillo queda oscurecido por la evidencia de sus defectos.
Pero en el momento en que la resistencia a ponerse las gafas significó para mí la posibilidad de que mirara al sol cuando los demás dijéramos ¡ahora! sí me inquietó, porque con uno o dos segundos de margen podría producirse la lesión ocular. Cuando el filo del cerco solar era solo una línea yo me desaté en voces alteradas, previniéndole de que se estaba jugando el espectáculo por lo breve que sería.
Salió mi genio, lo peor de mi misma en esa discusión, y quedó claro que yo no daba margen a las libertades de «cada uno». No era obligatorio que todos quisiéramos «ver lo mismo», ni siquiera al mismo tiempo, pese a que ese tiempo no podía controlarlo nadie, y dependía de elementos externos. Tanta imposición por mi parte no era sino un rasgo de mi peor versión, autoritaria y cargante. Callé avergonzada.
Cuando todo volvió a la normalidad, pedí disculpas, con el «pero» seguido de mi preocupación por lo que pudiera pasarle si no tomaba la precaución de ponerse las gafas como habíamos hecho los demás. Ese «pero» fue su herramienta para eclipsarme a mi. Porque cuando se piden disculpas, perdón, no puede haber peros. Mi amigo me dio los argumentos acerca del margen de verdadero peligro de lesionar la vista, que no incluía el intervalo de eclipse total, y en esa medida, daba la razón a mi pareja.
La libertad para hacer cada uno lo que le parece se impuso como criterio. Incluso oyeron la discusión unas pocas personas desconocidas que se acercaron a nuestro lugar de observación del eclipse para verlo desde allí. Yo quedé en la sombra, oculta por una luna de «tolerancia» que evidenció mi mal genio y me eclipsó.
El día siguiente fue cuando salimos de turismo local. Nadie hubiera dicho por mi comportamiento que yo estaba triste y avergonzada de mi conducta. Me propuse y logré ser amable y risueña, charlar y compartir. Pero apenas despedimos a la pareja cuando se fueron, nosotros enmudecimos y el resto del tiempo hicimos vidas independientes. Yo me acosté pronto, agotada, y con unas enormes ganas de llorar que había ido acumulando y reprimiendo a partes iguales.
El recurso de la somatización es muy explícito, si se sabe interpretar con honestidad.
Al día siguiente amanecí con una contractura en la espalda. Llegó a dolerme tanto que le pedí ayuda para algunos movimientos y para alcanzar objetos. Cuando me asaltaban latigazos de dolor me permití llorar, porque me sentía incapacitada y abatida. Fuera de eso permanecimos callados y tal vez con esa circunstancia como excusa, comimos aparte, sin hacer ningún preparativo. Mi dolor recorría la zona dorsal derecha y me debilitaba totalmente el brazo. No podía coger nada si requería un impulso hacia delante. Yo sabía por experiencia que estaba somatizando una parte del problema vivido la víspera, y me puse a rebuscar en mi conciencia, en mis emociones y mis pensamientos más ocultos, más escurridizos.
Tal vez no fuera justo ni ecuánime lo que descubrí, pero desde luego era mi somatización: sentía que mi fuerza no podía ser tanta que en el empuje de ejecución de mis planes y mis previsiones, arrastrara a otras personas a realizar lo que no querían. Tenía que pedir consentimiento, permiso, colaboración y ayuda. Eso lo acepté sin resistencia; me faltaba en ese caso comprender por qué me causaba tanto dolor.
Sólo había un motivo para que ese descubrimiento me doliera, y era la parte en que mi pareja no había sido explícita con sus objeciones desde el primer momento, y había esperado a verme en pleno furor organizativo para desarmarme en público, sacar lo peor de mí misma y hacer evidente mi mal carácter. Lo sentí como una traición. No se había quejado de mis propósitos en ningún momento, y al final, frente a todos, esgrimió su «derecho» a discrepar. Podía haberlo hecho de otra forma, en otro momento. Sé que mi somatización tenía esa base, porque apenas lo comprendí, el dolor empezó a ceder y en una noche desapareció por completo.
La lección que me aportó la experiencia del eclipse: no volveré a planificar, organizar ni proponer nada que implique a otros. Y menos si no me lo piden expresamente. Voy a tener que aprender, porque estoy acostumbrada a pensar que la pareja es una agrupación «coordinada» y eso requiere planificación para la convivencia. Pero aprenderé. De momento, para no somatizar. Y respecto a la forma en que somaticé y cómo lo comprendí…Creo que esa contractura llevaba la etiqueta muy clara: una puñalada por la espalda.




