Acoso Escolar y Testigo Anónimo. Formulario ABBA

Tres caras desenfocadas impiden su identificación

En mi adolescencia sufrí bullying, aunque entonces no tenía nombre. Víctimas, cómplices y acosadores anónimos se movían en el mundo escolar como la arena en los charcos. Era desagradable, pero «era lo natural, cosas de críos, conflictos sin importancia…». Todavía hoy ese enfoque prevalece en gran número de adultos, tanto dentro como fuera de la ESCUELA, y por supuesto, alcanza a los niños, adolescentes y jóvenes, directamente protagonistas del fenómeno.

Y ello a pesar de que actualmente existe normativa legal, tanto de rango estatal (LOPIVI) como autonómico, para luchar contra el Acoso Escolar, y de que en esa normativa se advierte del peligro de incurrir en esa percepción cargada de «mitos» falsos y perjudiciales que (en España) tienen su raíz en el último tercio del siglo XX , cuando por primera vez en la historia tuvimos acceso obligatorio y universal a la educación, a la enseñanza.

Desde entonces, y pese a la normativa, cuya pieza estrella son los «PROTOCOLOS» de aplicación obligada cuando se sospecha o se conoce un caso en cualquier centro educativo, el problema no ha dejado de crecer, y con la diversificación de la sociedad y su lógica cuota de incremento en el sistema educativo en los últimos años, ese crecimiento se ha disparado.

Los protocolos se han demostrado cuando menos placebos inútiles y no han servido para frenar el incremento de víctimas y acosadores, pero tampoco han servido para fortalecer la cohesión de los testigos.

La esencia misma de estos protocolos es su utilización como herramienta reactiva, es decir, posterior a la aparición del daño, sea este hipotético o confirmado, y de efecto disuasorio para el acosador, que se supone ha de sufrir alguna consecuencia negativa por su conducta. En realidad, no solo es escasísima la proporción de acosadores que enfrentan ese castigo, sino que la inmensa mayoría de los casos se «resuelven» con un cambio de centro de las víctimas, cuyos padres optan por esta vía para evitar que sigan soportando dos secuelas hoy por hoy ineludibles: la continuidad y presencia perdurable en el Centro educativo de su acosador/a y el estigma que para todos ha recaído sobre él/ella: víctima, frágil, débil, fracasado/a de la escuela.

A esta evolución de los hechos se suma la evidente equivocación que supone actuar «a posteriori», cuando ya el problema se ha iniciado, en el mejor de los casos, o incluso lleva tiempo en marcha, en la mayoría de las ocasiones. La normativa habla de la prevención, es cierto, pero esta no se hace efectiva por varias razones, la más importante, a mi juicio, la falta de formación de los docentes y directivos, y por qué no decirlo, también del cuerpo de inspectores de educación.

No culpo a ninguno de ellos por las circunstancias que han propiciado y mantienen sin cambios esa falta de formación, pero me gustaría que supieran que sin un buen clima de aula (emocional), el omnipotente currículo no tiene raíces en las que sostenerse, y que valdría la pena que demandaran a la administración esa formación pedagógica de la que carecen, como inversión de retorno asegurado (con el currículo) mucho más allá de lo que sospechan. Y no crean que en la anterior afirmación estoy abogando por «priorizar» lo emocional «reduciendo» lo conceptual, cognitivo, instrumental, científico, cultural…sin lo cual no puede tampoco desarrollarse identidad sana ni bien estructurada…pero eso será materia de otros debates.

La única forma de reducir eficazmente el número de procesos de bullying, es, como en las enfermedades infecto-contagiosas, la VACUNA, es decir, la PREVENCIÓN.

Hay en la utilización de «los protocolos» otros argumentos invalidantes, como es el hecho de que son aplicados por los mismos profesionales en cuyas aulas han germinado las situaciones de riesgo sin que ellos supieran detectarlas, y no por expertos ajenos a los centros y a la propia inspección educativa (cuya implementación en el sistema educativo es hoy una utopía) pero con legitimidad para auditar este fenómeno allí donde la prevención falle, y obrar con independencia pero con autoridad. Y a esto se suma el último argumento para cuestionar los protocolos: la nula o escasa importancia que se concede a los testigos, tanto en la prevención como en la detección precoz del Acoso.

En el problema creciente del acoso escolar o Bullying, todos los expertos coinciden en apreciar una misma circunstancia: la mayoría silenciosa de los testigos que conocen la realidad de los procesos de bullying no contribuye todo lo que podría a solucionar el problema, y ello constituye en sí mismo una parte importante del problema.

Porque en el bullying, por definición, son necesarios los tres roles: Víctima, Acosador y Testigos (algunos eventualmente Cómplices), a diferencia de otros procesos de relaciones conflictivas entre iguales, en los que solo se precisan dos contrincantes que presentan sus argumentos o falta de ellos en igualdad  o semejanza de fuerzas y determinación de victoria.

No hay bullying sin testigos. Estos  tienen derecho a mantener su anonimato, pero deben actuar con su testimonio si no quieren ser parte del problema.

En el bullying, la víctima no puede nunca enfrentarse con éxito por sí sola a su acosador, porque este parte de una situación aventajada. Y precisamente la ventaja principal es la pasividad o indiferencia (o el aplauso y estímulo)  con que asisten al conflicto los testigos.  Hasta el punto de que si los testigos cambian su actitud, y dejan de prestarse a su rol de «público asistente», o sea, si el acosador carece de espectadores, su conducta se extingue por sí sola.

Mi profesión y la experiencia directa obtenida en el voluntariado para luchar contra este problema me ha inspirado la elaboración de un material específico para aplicar a los alumnos en los centros escolares, pero incluso desde la tecnología de sus smartphones, sin necesidad de compañías no deseadas para ese cometido. Se trata de un cuestionario con el que todos ellos pueden informar de lo que sucede en cada aula, en cada clase, sin temor a comprometer su seguridad frente a los acosadores (el miedo a convertirse en la próxima víctima es el factor principal de su silencio) o pensar que su declaración los convierte en «chivatos». La confusión entre los conceptos y variantes del «chivato» y del «valiente» contribuye a ensuciar más aun el charco del que hablaba al comienzo.

La detección temprana requiere de controles periódicos y frecuentes, que pueden y deben usarse en el contexto de la prevención.

Cabe pensar que el silencio de algunos de estos testigos está relacionado con su interés por mantenerse seguros ante el riesgo de pasar a convertirse en víctimas, pero también hay abundantes testigos que, simplemente, no se sienten interpelados como actores principales en el problema que presencian.

Todos estos elementos me han empujado a idear un instrumento de control preventivo, que forma parte de un programa completo de sensibilización e intervención temprana en el Acoso Escolar en el que los testigos son la pieza clave. Así pues, mi contribución con el test ABBA (Anti Bullying Basado en el Anonimato) es ofrecer una herramienta que permite obtener la información que todo un grupo/aula conoce acerca de los procesos de bullying que se desarrollan entre sus compañeros, y hacerlo preservando su anonimato.

Si, en un contexto escolar, es posible decir a los padres (desde la 1ª entrevista) de un acosador que TODOS los compañeros de su hijo han declarado lo mismo, aun sin confesar sus identidades y sin ponerse de acuerdo, hasta 3 veces en que han sido interrogados; si es posible que el acosador sepa que TODA su clase le ha señalado, de forma que su represalia ante los que le señalan se vuelve difícil; si es posible que los eventuales cómplices se vean también señalados por los resultados del ABBA, la sensación de unos y otros será la misma que la de quien sabe que ha sido grabado por una cámara cuando estaba cometiendo la falta o el delito. Esa situación puede repetirse con la periodicidad que se precise, porque, además, la aplicación del formulario no lleva más de 15 minutos y es muy sencilla, de forma que implantar esa rutina, esa práctica, que funciona como una cámara oculta, apuesten a que es una medida disuasoria para los acosadores.

Los padres no podrán negar la evidencia de que sus hijos acosadores lo son y necesitan ayuda para cambiar su conducta.

Pero además, el Formulario ABBA puede ser cumplimentado por cada testigo de forma individual, online, y sin la presencia de compañeros «incómodos» o comprometidos por otros intereses, con el acceso a través de la tecnología. En unos minutos, y sin dejar ningún dato personal, pero indicando con claridad lo que conviene saber: localización en el aula de los tres elementos protagonistas activos: Víctima, Acosador y Cómplices. Eso sí, lógicamente la localización (Centro educativo, nivel, grupo/aula) se deben informar también, o de lo contrario no habrá forma de acceso a una solución real del problema que se describe.

El abordaje del trato que merecen unos y otros «protagonistas activos» (Víctima, Acosador, Cómplices) en orden a modificar sus conductas y reintegrarse con éxito en una dinámica positiva de relaciones personales, es materia de reflexión y debate en otro lugar, pero sin duda la identificación e intervención temprana es parte esencial de esa modificación de las conductas.

Es evidente que la aplicación del test ABBA ha de complementarse con otras medidas que generen el adecuado clima de aula para que el acoso no tenga la base necesaria en la que arraigar. Esas medidas son también capítulo aparte, y se pueden tratar en otras aportaciones. Por ahora dejaré aquí un enlace al documento base del Test ABBA. Espero que mis lectores puedan apreciarlo.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Facebook
LinkedIn
WhatsApp
Bluesky