Estábamos en un campamento de verano.
Un día nos dijeron que iban a hacer una campaña desde la institución que lo organizaba, en la que lucharían contra la violencia hacia los menores en todos los ámbitos, como por ejemplo el que vivíamos en ese momento, un campamento, y que necesitaban nuestra colaboración. Por supuesto todos estuvimos de acuerdo. Dijeron que al día siguiente volverían con un fotógrafo que nos haría una especie de reportaje. En realidad era otra cosa. Sólo querían una fotografía para la portada de un documento que iban a presentar públicamente.
Cuerpos unidos. Cabezas libres
Lo que sucedió al día siguiente es lo que realmente quiero contar: nuestra monitora nos pidió que nos preparásemos para una fotografía. Teníamos que tirarnos todos al suelo boca arriba, en dos filas igual de largas, enfrentando y encajando nuestras cabezas en posiciones alternas en contacto con los hombros de los “opuestos”. O sea, cada uno tenía que ver y sentir que a los lados de su cabeza había otras dos, de personas que estaban también en el suelo, tiradas en sentido contrario, no sé si me explico bien. Los cuerpos estaban pegados y con los brazos donde quisiéramos, pero no estirados a lo largo de nuestros costados, porque eso aumentaría el ancho ocupado por cada uno, y en algunos lugares se verían espacios vacíos. Se trataba de estar todos unidos, de estar juntos, pegados, con una mayor holgura en las cabezas, pero ahí precisamente, en las cabezas, el poco movimiento que podíamos hacer nos impedía identificar o ver bien a nuestros contiguos, porque las suyas estaban en sentido contrario, y las veíamos “al revés”.
La metáfora era perfecta. Era una aceptación de contacto en lo físico, en el mayor espacio que cada uno de nosotros ocupa, con otra persona, a la cual admitimos sin tener una idea exacta de cómo es. La tolerancia en sentido puro. La semejanza en la diversidad. La aceptación sin prejuicios de las satisfacciones y las incomodidades, las certezas, y las dudas. Para luchar contra la violencia me pareció una idea feliz.
Ahora, lo que ocurrió, el cómo se desarrolló aquello: Al explicar lo que quería, el fotógrafo no fue muy claro, y se armó un buen lío de preguntas de unos cuantos de nosotros, todos a la vez, que no entendíamos nada. Menos mal que algunos que sí lo habían entendido se pusieron en posición y, al verlos colocados, ya lo entendimos todos. Claro, rápidamente nos fuimos sumando a las filas y montamos la hilera doble. Las risas y comentarios empezaron a salir a flote, cuando al fotógrafo le pareció que la luz natural del momento era propicia para que hiciéramos las filas con otra orientación. Bueno, ahí estábamos recolocándonos, pero unos levantados y esperando la nueva ubicación libre que les correspondía, otros reptando y rodando para llegar a su lugar sin dar un paso. Las risas entonces se desataron. La monitora se acercaba a nosotros con aire apaciguador, porque veía que estábamos entrando en clímax de juerga, y no era eso…
La llamada de socorro
Fue en ese momento, cuando se restableció el orden y el relativo silencio, cuando ella se atrevió a dar su grito de auxilio, la primera parte, la que logró la atención de todos, porque parecía una broma: “HAY DOS PERSONAS EN ESTA FILA QUE ME ESTÁN APRETANDO LA CABEZA”. La monitora, naturalmente se acercó a comprobarlo, y le dijo interrogativa que su cabeza no estaba en contacto con otras…cuando ella continuó: “INCLUSO EN LA DISTANCIA. ME ESTÁN HACIENDO LO CONTRARIO DE LO QUE DEFIENDEN AHORA CON ESTA ACTIVIDAD. ME ESTÁN HACIENDO BULLYING Y CIBERBULLYING. HAY PERSONAS QUE LAS AYUDAN Y APLAUDEN Y HAY MUCHAS MÁS QUE LO VEN Y SE DIVIERTEN O MIRAN PARA OTRO LADO. LES PIDO QUE ME AYUDEN DICIENDO LA VERDAD”
Esas palabras generaron las reacciones más diversas: Hubo quien levantó la cabeza y buscó la de ella, para identificarla, pero fueron solo unos pocos, alumnos de otros centros que estaban en el mismo campamento. A los demás no nos hizo falta, porque sabíamos quién era, y lo que estaba diciendo. Sabíamos que era cierto. Sabíamos que era verdad. Ella aprovechó el único momento en que los testigos, todos los que sabíamos de su problema, no podíamos reaccionar marchándonos silenciosamente, ignorar la situación. Tampoco su acosador principal y líder de un grupo de 4 o 5 que se sumaban al bullying según el día y las circunstancias, podía darse a la fuga o negar su rol alegremente, porque apenas hacía unos minutos había iniciado aquella actividad contra la violencia, contra el acoso, con el mismo talante civilizado que lo hacíamos los demás, y porque para reaccionar con su ardor belicoso habitual tendría que “romper la formación”, y no se lo podía permitir. Lo mínimo que le esperaba era una investigación, y si los testigos presentes en ese momento le quitábamos la poca razón que podía tener, sumándonos a la reclamación de su víctima, estaba claro que le habrían pillado. Todo esto se me pasó por la mente en una décima de segundo, o menos, porque en realidad no lo pensé. Lo cierto es que me decidí a apoyar a la víctima diciendo: “es verdad. Yo lo sé, porque soy testigo”. Y lo hice llorando, porque, a mi pesar, yo “amaba” al acosador. Yo conocía algunas de sus circunstancias adversas para la felicidad, una de las cuales era precisamente la razón de que estuviera en ese campamento y no con su familia, yo sabía que era una persona sensible para muchas cosas, inteligente, a veces genial, colaborador, en general buena persona. Y no entendía por qué le hacía bullying a su víctima, pero sabía que era cierto. Mis amigas, que lo sabían también, me decían que no merecía mi admiración, pero lo cierto es que ellas tampoco lo enfrentaban, y que nadie lo hacía. Hasta que nos hicimos la foto de los cuerpos juntos, las cabezas libres.



