Desde aquí quiero responder a lo que formula Susana García Gutiérrez. Para quien no tenga ganas de leerlo, resumo que lo esencial de su idea es que no debemos enjuiciar a nadie, ni siquiera nuestros padres, cuando no hemos pasado previamente por sus circunstancias, cuando no hemos caminado con sus zapatos. No puedo por menos que estar de acuerdo con esta actitud, de comprensión y empatía previa al juicio, que así termina siendo casi siempre benévolo.
Pero la autora del post va más allá. Haciendo uso de una generalización de su propia historia, de la situación socioeconómica frágil y convulsa por la que pasaron sus padres, y particularmente su madre, extiende la benevolencia del juicio a todos aquellos cuyos padres de la misma época histórica no disponían de libros de pedagogía a su alcance, y se veían inmersos en la corriente educativa dominante en la sociedad cuando ellos formaron su familia. Así, siendo ellos víctimas inconscientes de la precariedad psicológica, e ignorantes de la trascendencia del contacto afectivo y emocional para su prole, por no haber disfrutado de sus beneficios durante su propia infancia, con la única guía que la moda educativa dictaba, dejaron a sus hijos e hijas (los clientes actuales de la profesional) en la indigencia afectiva, que tanto daño les hace todavía hoy en su vida adulta.
Como es sobradamente conocido, más que nada por los propios afectados, en la actualidad (cuando ya es moneda corriente el conocimiento de que las emociones infantiles perduran toda la vida, y que los padres o responsables de esas emociones son las figuras de referencia en la forma de educar a la siguiente generación), este dolor suele tomar la forma de rencor y aversión, enfado y rebeldía contra la imagen, los recuerdos, la personalidad de los padres. Y el dolor se convierte a menudo en reacción para hacer lo contrario de lo que provocó el sufrimiento en la infancia, repudiando por asociación todo el resto, todo lo que los padres nos dieron.
Es evidente que sería mucho más placentero y productivo vivir sin esa lucha interna, porque a quien se adentra en ella, el educar a los propios hijos le acarrea la sensación de estar siempre en un punto cero, un camino a inventar, un alerta racional permanente para no incurrir en los fallos y carencias de sus propios recuerdos, en la imitación de modelos no deseados, pero también porque ese enjuiciamiento constante de los padres duele a los hijos, recorta su alegría, su energía vital y su optimismo emocional. Por eso la autora propone superar con la comprensión ese conflicto, para liberarse de un sentimiento dañino: el rencor. Como se puede ver, comprendo la posición de la coach de familia.
Sin embargo, quiero aclarar algo: No todos los padres que hicieron daño a sus hijos en el plano afectivo y emocional eran ignorantes ni humildes. No todos se vieron obligados a luchar por la supervivencia con el detrimento de su bienestar y equilibrio psicológico. No todos carecieron de mimos y oportunidades para crecer sanos. No todos eran víctimas de su tiempo. No todos transmitieron a sus hijos lo que a duras penas habían logrado para sí mismos. Algunos fueron miembros de la sociedad acomodada en la preguerra, y la mayoría de ellos, de los acomodados, pertenecieron al bando «ganador» en la guerra, pero también los hubo entre los republicanos, aunque en menor cantidad. Fueron niños afortunados por nacer en buenas cunas, con posibilidades de desarrollo cultural y económico. No tuvieron que trabajar para vivir desde su infancia, ni mucho menos casarse (las mujeres, claro) para conseguir el estatus deseado.
Para todos esos casos, de los que conozco en mi entorno próximo unos cuantos, no vale ahora el sobreseimiento moral de los hijos (actuales pacientes de «rencor») al amparo de la compasión por los duros tiempos que atravesaron sus padres. No vale decir que aquellos lo pasaron mal porque la vida a su alrededor les empujaba a una supervivencia en la que no había lugar para la ternura o el afecto. No, si la guerra les encontró ya adultos, aunque jóvenes, con su personalidad forjada en el bienestar económico. No fue la guerra la que privó a esa generación de la inteligencia emocional necesaria para la paternidad y maternidad tal como la concebimos hoy. Fueron otras carencias emocionales e incompetencias educativas las que dejaron en su psiquismo esas incapacidades y torpezas. Y entonces, cuando es así el caso, perdonar y comprender se hace más difícil.
Entonces no se puede apelar a los argumentos que propone García Gutiérrez. En ese caso, la vía para la superación del dolor ha de ser otra: ha de ser la aceptación dura y fatal de que aquellos padres no lo fueron más que biológicamente, y en el mejor de los casos, económicamente, pero definitivamente no lo fueron afectivamente ni psicológicamente, por más que en su intención consciente ignoraban lo que estaban haciendo, o sería mejor decir lo-que-no-estaban-haciendo. Como digo, la falta de equilibrio emocional y conciencia para la procreación responsable, la habían sufrido y adquirido en su propia crianza, a manos de unos padres (nuestros abuelos) todavía más ignorantes, y ahora sí, esclavos de la cultura social y las corrientes educativas de su época. En esto estoy de acuerdo con la autora, se manifiesta el concepto de «sistema familiar». Sólo comprendiendo esa carencia absoluta de empatía de nuestros abuelos con nuestros padres, y sus tristes secuelas, podremos pasar a la siguiente fase del análisis: nuestros padres no nos dieron lo que echamos en falta porque ignoraban que era necesario hacerlo, y porque con ellos tampoco lo habían hecho. Simplemente no podían.
Y con ese razonamiento podríamos entender a cada generación con un salto atrás que crecería dramáticamente en gravedad y consecuencias a medida que retrocedemos, hasta llegar a algún punto de la historia familiar en el que esas consecuencias se reducirían hasta casi desaparecer, pero no por no haberse producido, sino porque serían masivas, extensivas, generales y regulares en la mayoría de la población, de manera que no se podrían apenas percibir como anomalías de ningún tipo. Todos tristes, todos conformes.
Este punto de vista, sin embargo, no nos conduce a ignorar que para nosotros, en el mundo actual, es notable la insatisfacción emocional y la carencia afectiva en quien la sufre, porque el entorno social y cultural ha mejorado mucho desde que la triste historia empezó con nuestros antepasados, y hoy día, quien no se incorpora feliz a las primeras filas del éxito está en condiciones de desventaja. Es por eso por lo que ahora buscamos el modo de cubrir esos vacíos y acudimos a terapias y consultas.
De lo que cada uno, a título particular, podría hacer para superar el trauma del vacío afectivo, habría que hablar en sucesivos post…



