
En Navidad, como en un día de la marmota edulcorado, es imposible librarse de los buenos deseos. Los noticieros, los vecinos, los tenderos del barrio cuando les haces la misma compra de siempre, los amigos de cumplido que te llaman todos los años, los parientes a los que no verás, un año más, ¿falta alguien? Que no se ofenda nadie si me lo dejo fuera. No es nada personal, es que a eso de día 20 de diciembre se me empieza a poner un rictus de sonrisa para responder a todos con la misma alegría que ellos me regalan, o sea, libre y falsa, libre y rígida, libre pero fingida, que no sé ellos, pero yo el día 24 acabo como una máscara de Jocker. Claro, es que moralmente sería tan reprobable no tener buenos deseos para con los demás, los prójimos conocidos, amigos, familiares, que a ver quién se atreve a decir que no. Que los buenos deseos mejor en otro momento, y cuando cuadren, y para quien correspondan. Que ahora, no. Se lo pueden comer vivo a uno. Con buenos deseos, impregnados de salsa de paz y rellenos de amor, envueltos en hojaldre de empatía, regalos y abrazos, bocas pintadas y pelos de peluquería, se lo comen a uno vivo si dice que en Navidad lo dejen en paz, en rutina, en encierro doméstico y silencio colectivo, sólo con su música de fondo tranquila, sentado en su butaca, leyendo un buen libro con una buena tirada por delante, para disfrutarlo, un par de descansos para comerse unos frutos secos de los de todo el año, un refresco sin azúcar para cuidar la salud, y una luz moderada que alumbre sobre todo al libro. ¡¡¡¿ESO QUIERES HACER EL DÍA 26 Y EL 31 DE DICIEMBRE, EL 1 DE ENERO, ETC?!!!¿¿PERO QUÉ TE PASA, TE HAS VUELTO LOCO???¡¡¿¿ESTÁS CABREADO CON NOSOTROS POR ALGO??
El placer de disfrutar de un placer sereno, de leer a gusto, en soledad, con una música de fondo relajante. ¿Qué mejor que eso para un día especial?
Yo estoy hasta arriba de buenos deseos. En Navidad, quiero decir. Porque los buenos deseos no me faltan. Pero estoy tan harta de que me los frustre la realidad, 😠que el empacho con el que me los quieren dar y pedir en Navidad me hace sentir como una oca a la que estuvieran alimentando con embudo, para enfermar su hígado, hipertrofiarlo, reventarla de excesos, para luego comérsela, o sea, comerse su hígado, metidito en un tarrito con su etiquetita tan mona, de «foie-gras».
Yo dosifico a lo largo del año los buenos deseos, al igual que dosifico los malos, en un intento de equilibrar mis endorfinas y mi bilis, o sea, de conmoverme con el sufrimiento y el dolor, tanto de los demás como mío propio, y de sublevarme o indignarme con los obtusos y desalmados que tanto abundan, no sólo cerca de mi, sino más arriba, donde sus decisiones me alcanzan, unas veces como la lluvia fina, y otras como riadas inclementes…o de reprocharme a mí misma las incoherencias, los actos fallidos, los despistes inoportunos, las salidas de pie de banco que puedo tener, mis excesos de rigor y mis intolerancias, mis torpezas varias, en fin. Trato de no engañarme a mí misma.
Y sobre todo estoy harta de que, tantos y tan buenos deseos no se sostengan con coherencia durante el resto del año, pero eso sí, al que durante todo el año se le han dado las cosas regular, o por decirlo mejor, no ha recibido el apoyo de tantos buenos deseantes, luego le digan que tiene que responder con unas navidades pletóricas de fraternidad. Y así de Navidad en Navidad. Como si fuera la Navidad de la marmota.



